lunes, 12 de julio de 2010

Código Morse


Estaba divina. Tenía dos o tres tetas que llamaban la atención de todos los que estábamos el boliche.
Lo primero que me dijo cuando me planté delante de ella fue:

- Mirá, alfajor de pollo, no sé quién sos y menos sé qué carajo hacés acá parado mirándome con esa cara de galletita Bridge. Pero a mí no me vengas con estupideces, banana de feria. Si me vas a hacer un verso, recitame uno de Juana de Ibarbouru. De lo contrario, y te lo digo sinceramente y con todo el amor que le tengo a la vida humana, rajá de acá o te desordeno la cara de un bife.
- Soy Pablo- le dije- y prefiero las galletitas Solar, no tanto por su sabor y su peso neto, sino porque el abre-fácil de las Bridge es mucho más difícil de abrir. ¿Vos?

No me respondió. Simplemente me escaneó con su mirada, desde mi rulo Clark Kent hasta mi juanete derecho (yo estaba de chancletas, pero como hacía calor no tenía medias). Ese recorrido con su mirada lo hizo ida y vuelta, y al terminar, tosió como lo hacía Kesman antes de que Silvia Kliche diga los números de la Quiniela y me escupió.
Ahí me di cuenta que estaba frente al partido más complicado de la historia. Casi como la final del Mundial del 50 en Maracaná, pero nada que ver. Y no lo digo sólo por su hostilidad, sino también porque a partir de ese momento ella decidió emitir menos sonidos bucales que Bernardo, el mayordomo de El Zorro, con dos pares de medias de Papá Noel en su boca. Es decir; no me iba a hablar bajo ningún concepto. Ni siquiera si la obligaba Jack Bauer con sobredosis de adrenalina.

Entonces decidí que lo mejor que podía hacer era seguirle el juego del silencio y demostrarle que las palabras a veces no son tan indispensables para establecer contacto. Pero, ¿cómo hacer para comunicarme con ella sin hablar?
Sencillo: moviendo mis orejas en Código Morse.

Fue así que inmediatamente comencé un monólogo morseorejístico con uno de mis temas de conversación más efectivos para romper el silencio:


Oreja derecha, oreja derecha, pausa, oreja izquierda,
oreja derecha, oreja izquierda, pausa,
ambas orejas a la vez, oreja izquierda, stop.
¢÷¬”≠∞¢#@


No me acuerdo si ella entendió lo que le dije. Es más, aún no tengo claro qué fue lo que pasó en ese instante. De hecho, el primer recuerdo más o menos nítido que tengo tras perder el conocimiento como consecuencia del encontronazo entre mi sien y la Malteña Vitaminizada que ella tenía en su mano derecha, es el de mi amigo Felipe diciéndome:

- Vos no aprendés más. ¿No te sirvió de nada el suceso de la chica de los ojos increíbles?

Tenía razón. Unos meses antes me pasó algo similar con otra mujer que estaba divina. Tenía dos o tres ojos que llamaban la atención de todos los que estábamos en el boliche.
Pero esa es otra historia.


¢÷¬”≠∞¢#@. ¿Dónde carajo está el asterisco en este teclado? En fin, da igual… Eso que le dije con mis orejas en Clave Morse, significa: “es increíble, pero la inmensa mayoría de la humanidad no sabe que en realidad nos sentamos mal en el bidet; se usa al revés. Posta. La posición correcta es de frente a la pared. La propia forma nos lo indica. Es mucho más cómodo. Además, ¿qué sentido tiene que tengamos que hacer un movimiento cuasi contorsionista para poder girar las canillas? Lo lógico es que las tengas de frente, como en la pileta o la ducha. Porque hasta se vuelve complejo embocarle a la canilla correcta estando de espaldas. ¿O me vas a decir que nunca quisiste abrir la fría y te quemaste por abrir la caliente por error? No me mientas”.

Truco de 4


John tenía una buena mano.
- ¿Qué hago? ¿Voy?- le dijo a Paul tras tirarle un beso y dejar por un instante la cara como la del Maestro Tabárez.
- Sí, vení- le respondió Paul.
John jugó una sota.

Mientras tanto, George, que era pie, seguía orejeando sus cartas. Ringo lo miró y si preguntar dejó caer un 1 de copas.
- Voy- agregó al jugar su mano.

- ¿Tenés para el tanto?- preguntó John.
- Algo tengo- dijo Paul
- Envido entonces- agregó John mientras limpiaba sus lentes con un repasador.
- Tengo flor- cortó George con cara socarrona.
- Siempre fuiste un romántico de mierda, susurró John.
- Callate, comebicho- le respondió George,
- Comebicho tu hermana, con Yoko no te metás…- gritó ofuscado John.
- Sos un muerto, gil- dijo rápidamente George.
- Mirá quién habla… - respondió John mientras Paul mataba el 1 de copa con un 7 de espadas.
- Opiti, esto me cuesta- dijo George sobrando. -Truco! –gritó.
- Quiero retruco!!- Le retrucó (valga la redundancia), Paul.

George y Ringo se miraron dubitativos por un instante.
- 3 por 2 es negocio… No quiero- dijo seguro George.

Hicieron bien. Sabían que Paul no sabía mentir. Al truco, claro. En el resto de su vida mintió. Y mucho.
Por ejemplo. Sabida es la historia de Yesterday, la canción más famosa de la historia, con innumerables versiones diferentes. Hasta el día de hoy Paul sigue cobrando las regalías por este tema, diciendo que era de su autoría. Patrañas.
Esta canción la compuso Roly, el jefe de la hinchada de Wanderers de Mataojo, y Paul se lo plagió.
La versión original –la de Roly-, que data de 1949, tenía la misma melodía, pero la letra era diferente:

Wanderers,
De chiquito yo te vengo a ver,
Esta tarde no podés perder.
Hay que meter,
hoy Wanderers

Roly nunca protestó. Sabía que tenía toda la razón, pero no quería meterse otra vez en en litigios legales por un tema musical. Todavía seguía abierta su causa contra Bob Dylan.
Pero esa es otra historia.

miércoles, 13 de junio de 2007

Hola




Cuando voy al baño, leo. Luego, escribo.